Arte rupestre africano en las cuevas de Cuba: discusión metodológica en una revista peruana

Arte rupestre africano en las cuevas de Cuba: discusión metodológica en una revista peruana

Por: Odlanyer Hernández de Lara
Especial para Cuba Arqueológica

El último número de la revista peruana Arqueología y Sociedad (No. 24, octubre de 2012), publica un artículo de los investigadores cubanos Divaldo Gutiérrez Calvache, José González Tendero y Racso Fernández Ortega, titulado: “Arte rupestre africano en las cuevas de Cuba. La necesidad de un cambio en las herramientas metodológicas”, donde se discuten los preceptos metodológicos utilizados por varios investigadores en la asignación de motivos rupestres a los grupos africanos o afrocubanos. Antes de cualquier comentario, es preciso elogiar a los autores por aventurarse en un trabajo de crítica constructiva, para contribuir al desarrollo de la ciencia arqueológica en el país.

El tema del arte rupestre africano[1] es, sin lugar a dudas, llamativo y convoca a la discusión. No se ha escrito mucho sobre la adscripción de algunas manifestaciones rupestres a los grupos afro, pues ello implica cierto grado de riesgo que no todos están dispuestos a correr, especialmente porque no se realizan estudios detallados -a veces las posibilidades económicas lo limitan- que permitan sustentar la hipótesis del arte rupestre africano. Ello implica que los discursos utilicen argumentaciones que a veces no se sustentan en mismas, avaladas quizás por el viejo criterio de autoridad de la escuela histórico-cultural (o normativa), que tanta influencia ha tenido en el desarrollo de la arqueología cubana. Lógicamente, siempre es más seguro adscribir las pictografías o los petroglifos a los grupos precolombinos, pues difícilmente alguien lo cuestione.

Si bien los autores de este texto discuten los argumentos y metodología utilizados hasta el momento, no descartan que efectivamente algunos motivos puedan estar asociados a los africanos o afrocubanos, y eso lo hacen explícito. Así, varios argumentos que “validarían” la adscripción de algunos motivos rupestres (como el perro, la cruz, entre otros) a los esclavos cimarrones, según algunos autores por ellos citados, son puestos en duda por la parcialidad de los análisis morfológicos llevados a cabo al no considerar la variabilidad del registro rupestre antillano. Ello evidencia una problemática: en algunos casos se sigue utilizando un solo criterio (casi siempre estilístico -y este varía además dependiendo de la posición teórica-) para asociar el arte rupestre con un grupo cultural determinado. Además, la carencia de fechados en los estilos que se han definido contribuye a este desconocimiento de los grupos ejecutores.

Tal vez uno de los aspectos que se ha manejado como más “convincente” es la presencia de cultura material del período colonial cubano en cuevas con arte rupestre, pero los autores lo ponen en duda al mencionar:

Ante tales argumentos, no pocos investigadores han reflexionado sobre el hecho incuestionable de que, en la mayoría de los casos, dichas evidencias solo aportan información temporal y no cultural; pues en su inmensa mayoría no son piezas de factura propiamente africana o cimarrona, sino objetos típicos de la época colonial. Solo en aquellos casos donde las evidencias están representadas por artefactos contenedores de cerámica transcultural, cachimbas o pipas y armas defensivas, es posible establecer rangos mayores de certeza.” (Gutiérrez, et al. 2012:93-94).

Sin abordar en profundidad el tema de la interpretación del registro arqueológico en el caso de los sitios que se han asociado a refugios o palenques de cimarrones, pues ello ocuparía un espacio más largo del que se pretende en esta nota, debo aclarar que la “certeza” no sólo se basa en la cerámica “transcultural”, en las pipas o las armas defensivas (de hecho estas siguen siendo “objetos típicos de la época colonial”), sino más bien en la interpretación de todo el contexto de hallazgo, lo que implica el análisis e interacción de varias líneas de evidencia, donde la documentación histórica contribuye al registro arqueológico. Pero tratando de responder una de las preguntas que se hacen los autores sobre el por qué no aparece arte rupestre en sitios de “incuestionable” evidencia de esclavos cimarrones, pues tal vez ello se relacione con un aspecto que ellos mismos mencionan: la superficialidad de las investigaciones y la falta de sistematicidad en los estudios. ¿Se ha buscado el posible arte rupestre africano? No lo creo, ni conozco de algún proyecto de investigación con ese objetivo. Ello implica una importante impronta de las observaciones selectivas, ya que cuando se buscan ciertas evidencias, los eventos inesperados suelen pasar desapercibidos. Por lo tanto, creo que el aporte de estos trabajos, más allá de las problemáticas metodológicas que los autores detectan y critican para mejorar, es poner la temática en agenda y que se comience a tener en cuenta otra posibilidad. Por supuesto, las críticas son válidas y, diría más, necesarias, especialmente cuando las investigaciones parten de criterios inductivistas con conclusiones pretendidas de antemano.

Pero esto muestra, además, que otro de los aspectos más utilizados para la adscripción cultural del arte rupestre sigue siendo la evidencia material “asociada”. Es interesante que muchas de las cavidades donde se estudia el arte rupestre no hayan sido excavadas arqueológicamente, lo que podría aportar información a la interpretación de las manifestaciones presentes. Y en los casos excavados, no se han realizado estudios que consideren el registro arqueológico a la hora de las interpretaciones, más allá de la información crono-cultural general. Por supuesto, siempre hay excepciones pero, hasta ahora, no en los sitios de posible factura cimarrona.

El arte rupestre en Cuba se ha visto provisto en las últimas décadas de un importante impulso, gracias a las investigaciones llevadas a cabo por varios colegas que han hecho significativos aportes al conocimiento de las poblaciones de la isla. Y es necesario reconocer que los autores de este texto forman parte de esta generación de especialistas. En este caso, el artículo de Gutiérrez, González y Fernández no sólo alerta sobre los problemas metodológicos -y yo agregaría epistemológicos- que han atravesado las investigaciones que intentan adscribir algunas manifestaciones rupestres a esclavos cimarrones de origen africano o afrocubano, sino también impulsa a abordar esta temática con criterios más sólidos que permitan un acercamiento al pasado de las poblaciones afro que convirtieron el paisaje natural en un medio construido, tanto social como simbólicamente.



[1]Es preciso aclarar que en este texto siempre que se menciona el arte rupestre como africano o afro, se hace referencia también al afrocubano, si bien existen diferencias conceptuales.


Gutiérrez Calvache, D.; J. González Tendero y R. Fernández Ortega (2012), “Arte rupestre africano en las cuevas de Cuba. La necesidad de un cambio en las herramientas metodológicas”, Arqueología y Sociedad No. 24: 87-106. Museo de Arqueología y Antropología, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima.

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