Lo imposible hecho realidad: ha muerto Jorge Brito Niz.

Carlos Alberto Hernández Oliva

 

Es la segunda vez en mi vida que escribo algo sobre una figura de la Arqueología que desaparece. En Cuba somos pocos… arqueólogos muchos menos, de ahí la singularidad. Además, a Brito lo conocí bien, a partir de un momento desde la distancia, pero no me avergüenza sentir y escribir…

Apenas recién fundado el Gabinete de Arqueología apareció por allí un biólogo, que era más gago que yo… pero muchooo más, lo cual para un tartamudo de veinte y pocos años, era un consuelo. Era un tipo grandote, recio, de pelo negro y risita burlona. Estábamos forjando el Gabinete entonces, muchos ya no estamos, ahí queda Roger… de los fundadores demostrando que por muy grande que sea la adversidad, se le puede enyugar.

El Brito era “Licenciado”  una novedad para aquellos que comenzábamos la andadura eterna en pos de la Arqueología. Se mantuvo al dando vueltas por el Gabinete hasta que Leandro Romero le consiguió enganche y entonces comenzó para él su especial singladura como arqueólogo. Tuvo la tremenda suerte de ser elegido desde el principio para aprender antropología física, con ése maestro que fue Manuel Rivero de la Calle. Leandro quería formar un equipo, lo consiguió, pero luego cada uno tiramos en direcciones distintas. Luego, nos enseñó a todos un poquito, a mi en particular me ayudó mucho, escribiendo en mis libros sus notas, que como es lógico conservo.

La vida nos fue distanciando. Cada cual siguió su camino. Brito se hizo fuerte con Ricardo, en San Francisco, dedicó muchos años a excavar en sus predios y los resultados hablan por sí solos. Era una época en que las referencias científicas no estaban tan definidas, la proyección hacia el futuro lastrada por la falta de formación, y posibilidades en todos los sentidos.

Pero trabajábamos, con miedos, vergüenza, nos levantábamos a trabajar con esperanza, cuando el dólar se puso a 150… y ganábamos 198. Él en particular, como un mulo. Brito era incasable.

Cuando terminaba la jornada diaria, siempre se iba cargado. Creo que esto ya puede decirse, no necesita que se le perdone, mucho menos que se le juzgue. Cargaba enormes vigas de madera, tablas… de todo, y se lo llevaba en su bicicleta tipo tanque alemán… con unos artilugios que recuerdan épocas duras, tremendas, gloriosas. Vivía no recuerdo donde, pero lejos, muy lejos, quizás a una hora de camino y su casa era de madera. Por eso el traslado constante, para sustituir, parchear. Allí le nació su primer y único hijo, creo recordar.

Tenía ideas preconcebidas del personal, nos tenía a todos definidos, esquematizados, caracterizados. Al principio de su formación arqueológica creo que no consideraba necesaria la preparación teórica, se burlaba de mí porque estaba muy inseguro y me decía que lo único importante era trabajar y excavar, que no comiera más m… con libritos y dejara de vaguear y que excavara. 

No era fácil de convencer…bueno, era imposible convencerlo. ¿Renunciar a una idea el Brito? Noooo… ni el Pequeño Príncipe lo emulaba, jamás desistía de una idea o pregunta, ya podías inventar el agua tibia…te iba cercando hasta dejarte sin argumentos.

Venía de frente y te soltaba sus criterios a bocajarro, pero tenía algo… que inhibía (al menos en mi caso) la crispación natural que sufrimos cuando se nos critica. No me sentí nunca bravo con el Brito pese a muchos encontronazos científicos que tuvimos. Discutíamos durante horas, que en su caso se hacía mucho más largas por su tartamudez… y la mía, aquello era desesperante para un observador exterior.

Cortejamos simultáneamente a alguna chica, bien lo recordará ella si lee estas líneas y lo convertirá en poesía, como todo lo que toca. Alguna vez gané yo… otras también yo… jamás sentí malos sentimientos por ello. Entonces los eventos de Arqueología en Cuba estaban exentos de malicia y al final terminábamos tomando cervezas de a 14.60 pesos la caja alrededor de una piscina en el Balcón del Caribe… admiraba a Guarch, Rivero, Dacal, siempre estuvo agradecido a Leandro y lo respetaba mucho… 

Se me partió el alma cuando Alina me avisó que estaba enfermo y que había regresado a La Habana luego de un doloroso peregrinar. Hoy cuando recibí su nota… lo siento Alina, pero se me partió el alma de nuevo. Perdóname. Sabía que estaba jodido… pero ¿morirse el Brito? No coño, eso no, si alguien podía ganarle a cualquier cosa ese era él. Menos a la de la guadaña, que tiene una microbrigada grandísima en el barrio de boca arriba. No perdona la condená. Si la muerte es un cambio de estado, lo que sí está claro que la Memoria nos hace eternos. Ahora mismo voy a contarle a mis hijas de Brito, y así, mientras lo recordemos estaremos manteniendo el Hombre y honrando al Arqueólogo.